Casi nunca tenemos la suficiente sensibilidad para percibir
lo que el destino, sutilmente, nos da a leer entre líneas… En esta ruleta de la vida, en algún momento, un inesperado juego de azar está siempre reservado para cada uno de
nosotros: solo tenemos que jugarlo.
Ese salto al vacío, ese final, es un albur, una caja de
pandora, una necesaria apuesta por la incertidumbre… Podríamos salir
favorecidos, podríamos salir perjudicados… lo que no podemos dejar de hacer, es
dejar de saltar al vacío… con o sin paracaídas…
En mi particular caso, creo que salí favorecido.
Veamos porqué...
Tardé veinte años en darme cuenta
de que Alondra no llegó a mi vida para estar, sino para permanecer… Ese algo
más que necesitaba para mi vida, llegaría ––precisamente y sin advertirlo–– en
ese feliz y exacto momento en el cual la
conocí.
¡Y Alondra llegó!
Llegó un día cualquiera, un día de
esos tantos... En algún momento, en algún lugar.
Llegó tarde, muy temprano, quizás a
tiempo. ¡O nunca llegó! Aunque siempre estuvo…
Lo cierto es que llegó, entre
lágrimas y risas, con pudor y picardía, con su habitual e ilimitada alegría,
esa que esconde el silencioso y noble duelo con las enigmáticas sombras
punzantes del ayer…
Llegó como mi más íntima amiga,
como mi fiel amante confidente.
Llegó entre guirnaldas
luminosas… como la mejor parte de mis
días.
Llegó alumbrada por la tenue luz de
lo privado, en la implacable oscuridad de lo secreto, entre el abismo y la
cumbre…
Nos enamoramos mil veces ––de
propios y extraños––, y nos perdimos otras tantas, dándole lugar a otra
infinidad de opciones. Entonces creímos encontrar el amor, ese que solo dura
tres meses… el que está rotulado de amor eterno, de verdadero amor. Sin embargo, esta curiosa y fatigada vida de todos los
días, de la magia y de la lógica, me enseñaron que lo que llaman el verdadero
amor, está destinado a morir gracias al fuego que emana de su propia hoguera…
Luego de transitar por esos
avatares supimos que, para volver a tenernos, era necesario perdernos para
siempre…Y así fue.
♣ ♣
Alondra, veinte años después…
¿Sería importante el tiempo si es
que éste se detuviese y se quedase como mejor queramos? No, creo que no; es
más, sería maravilloso. Alondra y yo confiscamos nuestro mejor tiempo en
nuestra fiel y grata memoria. Olvidamos el tiempo sombrío, el que fue necesario
vivirlo; o, mejor dicho, padecerlo.
¿Juntos o cercanos?
En nuestro caso, juntos no es
sinónimo de cercanía. Alondra y yo no estamos juntos, sino metafísicamente
próximos, cerca, en la realidad sensible, así como en la más cruda e implacable
distancia.
¿La receta?
Creo que fue imaginar el amor
primero… en lugar de querer sentirlo antes…
Entendimos que la única velocidad
que existe para atraparlo ––¡y para siempre!-–-, es la velocidad de la
sorpresa… Ésta es implacable.
Y esa sorpresa era tan simple como
esta:
Hablar de algo para luego
olvidarlo…
Ganar el tiempo perdiéndolo…
Vivir el ahora, el hoy, entendiendo
que el futuro no existe, menos para el amor.
Que no hay los para siempre, pues
estos adjetivos viven en el futuro, en el mañana, que es siempre incierto,
cambiante y dinámico, no es estático.
Por otro lado, jugábamos a
convertirnos en dioses, para luego renunciar a serlo.
¡Un auténtico deleite!
Disfrutábamos del tiempo mágico,
escindíamos el real, el lógico.
Subíamos a los cielos y
descendíamos a los infiernos en exactos momentos…
Abrazábamos ––siempre y con mucha
humildad–– los períodos complicados, desesperanzadores, los que aparentemente
no tienen escapatoria, agradeciendo a nuestro buen Dios por la asignada prueba.
♣ ♣
Todos tenemos días introspectivos, muy íntimos; días donde
las preguntas existenciales priman sobre nuestros pensamientos menos
trascendentes. Esas preguntas habitan dentro del alma de cada uno, dentro de
nuestro YO superior, dentro de nuestra más elevada conciencia.
Muy hermoso... la historia de una amistad que se parece al amor... o al amor que se parece a la amistad... o ambos sin definir.
ResponderBorrarCuando el amor logra ser lo suficientemente grande como para coexistir y fluir con una amistad verdadera… y cuando la verdadera amistad logra desprenderse de todo ego que la ate, es cuando toda historia de amor logra por fin su propósito…
BorrarGracias por tus comentarios, Alexandra.