sábado, 30 de noviembre de 2013

Alondra, tu grato nombre


Casi nunca tenemos la suficiente sensibilidad para percibir lo que el destino, sutilmente, nos da a leer entre líneas… En esta ruleta de la vida, en algún momento, un inesperado juego de azar está siempre reservado para cada uno de nosotros: solo tenemos que jugarlo.
Esta crónica pertenece a ese delicado momento en el que la perspicacia y la  emoción se fusionan ––inconscientes y sin inconveniente alguno–– en el círculo del tiempo, viendo solo el inicio, sin vislumbrar el final; como un delicado salto al vacío, pero sin paracaídas…
Ese salto al vacío, ese final, es un albur, una caja de pandora, una necesaria apuesta por la incertidumbre… Podríamos salir favorecidos, podríamos salir perjudicados… lo que no podemos dejar de hacer, es dejar de saltar al vacío… con o sin paracaídas…
En mi particular caso, creo que salí favorecido.

Veamos porqué...
Tardé veinte años en darme cuenta de que Alondra no llegó a mi vida para estar, sino para permanecer… Ese algo más que necesitaba para mi vida, llegaría ––precisamente y sin advertirlo–– en ese feliz  y exacto momento en el cual la conocí.
¡Y Alondra llegó!
Llegó un día cualquiera, un día de esos tantos... En algún momento, en algún lugar.
Llegó tarde, muy temprano, quizás a tiempo. ¡O nunca llegó! Aunque siempre estuvo…
Lo cierto es que llegó, entre lágrimas y risas, con pudor y picardía, con su habitual e ilimitada alegría, esa que esconde el silencioso y noble duelo con las enigmáticas sombras punzantes del ayer…
Llegó como mi más íntima amiga, como mi fiel amante confidente.
Llegó entre guirnaldas luminosas…  como la mejor parte de mis días.
Llegó alumbrada por la tenue luz de lo privado, en la implacable oscuridad de lo secreto, entre el abismo y la cumbre…


Nos enamoramos mil veces ––de propios y extraños––, y nos perdimos otras tantas, dándole lugar a otra infinidad de opciones. Entonces creímos encontrar el amor, ese que solo dura tres meses… el que está rotulado de amor eterno, de verdadero amor. Sin embargo, esta curiosa y fatigada vida de todos los días, de la magia y de la lógica, me enseñaron que lo que llaman el verdadero amor, está destinado a morir gracias al fuego que emana de su propia hoguera…
Luego de transitar por esos avatares supimos que, para volver a tenernos, era necesario perdernos para siempre…Y así fue.

♣ ♣

Alondra, veinte años después…

¿Sería importante el tiempo si es que éste se detuviese y se quedase como mejor queramos? No, creo que no; es más, sería maravilloso. Alondra y yo confiscamos nuestro mejor tiempo en nuestra fiel y grata memoria. Olvidamos el tiempo sombrío, el que fue necesario vivirlo; o, mejor dicho, padecerlo.
¿Juntos o cercanos?
En nuestro caso, juntos no es sinónimo de cercanía. Alondra y yo no estamos juntos, sino metafísicamente próximos, cerca, en la realidad sensible, así como en la más cruda e implacable distancia.

¿La receta?
Creo que fue imaginar el amor primero… en lugar de querer sentirlo antes…
Entendimos que la única velocidad que existe para atraparlo ––¡y para siempre!-–-, es la velocidad de la sorpresa… Ésta es implacable.
Y esa sorpresa era tan simple como esta:
Hablar de algo para luego olvidarlo…
Ganar el tiempo perdiéndolo…
Vivir el ahora, el hoy, entendiendo que el futuro no existe, menos para el amor.
Que no hay los para siempre, pues estos adjetivos viven en el futuro, en el mañana, que es siempre incierto, cambiante y dinámico, no es estático.
Por otro lado, jugábamos a convertirnos en dioses, para luego renunciar a serlo.
¡Un auténtico deleite!
Disfrutábamos del tiempo mágico, escindíamos el real, el lógico.
Subíamos a los cielos y descendíamos a los infiernos en exactos momentos…
Abrazábamos ––siempre y con mucha humildad–– los períodos complicados, desesperanzadores, los que aparentemente no tienen escapatoria, agradeciendo a nuestro buen Dios por la asignada prueba.

♣ ♣

Todos tenemos días introspectivos, muy íntimos; días donde las preguntas existenciales priman sobre nuestros pensamientos menos trascendentes. Esas preguntas habitan dentro del alma de cada uno, dentro de nuestro YO superior, dentro de nuestra más elevada conciencia.


Alondra fue y es el fiel motivo para liberar esos interrogantes…




2 comentarios:

  1. Muy hermoso... la historia de una amistad que se parece al amor... o al amor que se parece a la amistad... o ambos sin definir.

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    1. Cuando el amor logra ser lo suficientemente grande como para coexistir y fluir con una amistad verdadera… y cuando la verdadera amistad logra desprenderse de todo ego que la ate, es cuando toda historia de amor logra por fin su propósito…
      Gracias por tus comentarios, Alexandra.

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