Solemos usar el “mi” desde el sentido de la posesión, desde la unilateral visión que tenemos del sentido de pertenencia.
Ahora bien:
Imaginemos, por un instante, nominar ese “mi” como
una parte de nosotros mismos, sintiéndolo y sabiéndolo parte de uno, pero jamás
creyéndolo exclusivamente nuestro…
Serìa mejor, ¿no lo creen?
